La congregación Pureza de María

La Congregación

 

Nuestra Identidad viene marcada por el carisma de Alberta Giménez, un don de Dios para la toda la Iglesia. Alberta recibió la llamada de Dios, llamada personal para servir como educadora y madre; carisma personal que se convierte, a través de la historia, en el carisma institucional Pureza de María.

 

El Espíritu fue el que suscitó el carisma albertiano. Él es el que continúa infundiendo hoy en Pureza de María el espíritu de fe y va dando la fuerza necesaria para contribuir a la renovación del mundo a través de la educación. El carisma de Alberta trasciende su época.

 

Nos unen nuestros rasgos comunes:

  • Nuestra espiritualidad cristocéntrica, mariana e ignaciana.
  • La dedicación a la misión de educar.
  • El afán de superación.
  • La eclesialidad.
  • El espíritu de familia en nuestras comunidades y obras.

 

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Nuestra Fundadora

 

En la ciudad de Pollensa (Mallorca), el 7 de Agosto de 1837 nacía Cayetana Alberta Giménez y Adrover, una mujer que gracias a su esfuerzo, se hizo notable en la sociedad de entonces y por supuesto con ese carácter destacado llega su historia y su personalidad hasta nuestros días.

 

Alberto y Apolonia se unieron en matrimonio en 1836. La familia siguió los destinos del padre que era sargento del Cuerpo de Carabineros en la Hacienda Pública y, por ello, fue en Barcelona donde encontramos a Alberta a los 12 años. Su padre tuvo aficiones culturales hondas que hicieron que orientara a su hija hacia los estudios de maestra. En 1851, está de nuevo en Mallorca y su padre, aunque tendrá nuevo destino en Huesca, no es seguido por la familia ya que sería por breve tiempo.

 

Alberta comenzará muy pronto en Palma su trabajo como maestra y lo hará al lado de un profesor de matemáticas, Francisco Civera, que pronto se fijará en Alberta, no sólo como maestra sino como la gran mujer en la que se ha convertido para pasar con él el resto de sus días.

 

En 1859 tiene ya 22 años. Es entonces cuando Francisco pedirá la mano de Alberta y ésta aceptará gustosa el matrimonio con Francisco. El 7 de Abril de 1860 Francisco y Alberta se prometieron fidelidad en la parroquia de San Nicolás de Palma. Ella tiene 22 años, diez menos que él, pero eso no supondrá ningún obstáculo hacia el amor mutuo que sentían. Formaron una pareja de maestros con profunda vocación por la enseñanza y gran devoción por la pedagogía. Francisco y Alberta fueron un matrimonio que, debido a su tarea profesional, vivieron en formación permanente y con un continuo afán de superación. Al mismo tiempo, cuidaron de la vida familiar. Tuvieron cuatro hijos. El único que sobrevivió fue Alberto. A los 41 años falleció el marido de Alberta, el 17 de Junio de 1869.

 

La muerte de tres de sus hijos y su esposo fueron un durísimo tramo en la vida de Alberta, y ello la acostumbró al dolor y a la dificultad, aunque esto no hizo que se hundiera, sino que la llenó de fuerza y coraje para seguir adelante con más fuerza en la vida de la enseñanza: su verdadera vocación.

 

El día 2 de marzo de 1870, Alberta recibió en su casa una visita importante que cambiaría definitivamente el rumbo de toda su vida. Fueron a verla tres personajes: el alcalde de Palma, el canónigo don Tomás Rullán y don José Ignacio Moragues, amigo de su esposo y que entonces era el inspector de las escuelas de Educación Primaria. Llegaban de parte del Obispo de Mallorca, don Miguel Salvá, con una propuesta inesperada: hacerse cargo de la dirección del Real Colegio de la Pureza de María. El obispo le proponía asumir una misión: educar en nombre de la Iglesia. Alberta aceptó y en pocas semanas todo empezó a tomar nuevo ritmo y el viejo colegio se convirtió en uno de los más prestigiosos de Palma.

 

Dos años después doña Alberta comenzará, dentro de la Pureza, una nueva institución: la Escuela Normal de Maestras.

 

En 1874 Alberta creyó que era el momento para transformar el equipo de maestras en una comunidad religiosa, para que así la obra realizada en la Pureza tuviera al fin plena consistencia.

 

La Congregación fue aprobada canónicamente el 2 de Agosto de 1892 y el mismo día se ratificó el nombramiento de Alberta Giménez como Superiora General, cargo al que tuvo que renunciar en 1916 por razones de enfermedad.

 

En la madrugada del 21 de Diciembre de 1922 la llama que mantenía encendida la vida de Alberta se apagó y ella pudo al fin reunirse con Dios.

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